Agustín, un jubilado gijonés que ya arrastraba un polémico historial en el programa, vuelve a desatar la indignación por sus comentarios xenófobos y su indisimulada tacañería ante una comensal que aguantó con estoicismo.

MADRID
El ecosistema televisivo de First Dates volvió a convertirse anoche en el escenario de un preocupante retroceso en los códigos de cortesía y civismo elemental.
En una época donde el formato de Cuatro intenta espaciar las citas histriónicas para priorizar encuentros de corte más humano, la reaparición de Agustín —un jubilado asturiano con un controvertido bagaje en el programa— supuso un recordatorio de las peores dinámicas del cortejo catódico.
Lo que debió ser una oportunidad de redención para el gijonés se transformó, por obra de su propia incontinencia verbal, en una radiografía de la intolerancia, la tiranía del canon estético y la falta absoluta de empatía hacia el otro.
Al otro lado de la mesa se encontraba Zulima, una ovetense elegante, divorciada y de modales impecables, que acudía al restaurante con la legítima aspiración de encontrar un compañero activo con quien compartir su jubilación.
Sin embargo, la fatalidad del casting la unió a un perfil que ella misma, espectadora ocasional del formato, ya había catalogado previamente en su hogar como el de un hombre «desprogramado y anclado en otra época».
Los peores augurios de la soltera no tardaron en materializarse.

La velada discurrió por un sendero de incomodidad creciente desde los primeros compases.
Agustín, lejos de interesarse por la biografía o las inquietudes de su acompañante, monopolizó la conversación con un monólogo autorreferencial centrado en su intensa agenda de ocio nocturno y en su red de amistades.
El momento más crítico de la noche —y el que ha incendiado las redes sociales por su gravedad— aconteció cuando el soltero rememoró, sin que nadie se lo solicitara, su anterior experiencia en el programa.
Con una alarmante ausencia de tacto, Agustín calificó a su antigua cita, una mujer de origen africano, como una persona «horrorosa», añadiendo de forma despectiva que «no podía ni mirarla».
La cruda revelación no solo heló la sonrisa de Zulima, quien optó por un prudente y digno silencio para evitar el conflicto directo, sino que evidenció un preocupante sustrato de prejuicio racial y crueldad estética inadmisible en la televisión pública.
El gijonés, ajeno por completo al impacto de sus palabras, continuó desgranando un catálogo de exigencias físicas —reclamando para sí una mujer «fuerte y con buen cuerpo»— que contrastaba penosamente con su propia realidad y su nula aportación a la elegancia del encuentro.

A la cuestionable catadura moral de sus comentarios se sumó un gesto de tacañería que terminó por dinamitar cualquier atisbo de conexión.
Antes incluso de que concluyera la cena o se presentara la factura, Agustín se apresuró a decretar que cada comensal sufragaría su parte: «Cada uno es dueño de su cartera», sentenció de manera abrupta.
Un formalismo innecesario que, si bien es legítimo en el marco de la libre elección de los solteros, reveló una alarmante falta de caballerosidad por las formas y el momento elegidos para verbalizarlo.
«Es un error absoluto hablar de terceras personas o de exigencias físicas desmedidas cuando uno mismo no está dispuesto a ofrecer un mínimo de consideración y respeto hacia la dignidad ajena.»
El desenlace en la sala de la decisión final no ofreció sorpresas, pero sí una lección de contraste conductual.
Agustín, fiel a su línea de superficialidad, rechazó una segunda cita argumentando que las «cualidades físicas» de Zulima no se ajustaban a sus elevadas expectativas.
Por su parte, la soltera ovetense dio una auténtica exhibición de templanza y educación, aceptando la negativa con una media sonrisa y una corrección institucional que dejó en evidencia la tosquedad de su acompañante.
Zulima abandonó el plató sola, pero con el reconocimiento unánime del público; Agustín lo hizo sumido en la misma irrelevancia de quien confunde la fama televisiva con el éxito personal.

